Gestos, miradas, caricias… a diario cruzamos multitud de mensajes explícitos e implícitos con los que nos rodean. Sean positivos o no, y más allá de cuál sea su intención o cómo se interpreten, todas esas caricias inciden en nuestro nivel de autoestima.
Sinceras, efusivas, mecánicas, falsas, inesperadas, ansiadas… Más allá de la intención original que subyace en ellas, lo realmente importante es la interpretación que cada uno hace de las caricias que da o recibe.
Cada gesto, palabra o mirada, nos nutre biológica y psicológicamente, porque son la prueba de que se nos tiene en cuenta. Porque toda persona tiene esa necesidad, ese hambre instintiva de ser querida y reconocida.
Desde que nacemos, y dejamos de estar en contacto íntimo y total con el seno materno, tenemos esta necesidad inherente, y a medida que crecemos, se va transformando en hambre de reconocimiento. Las sonrisas, los elogios, las actitudes, los gestos… se suman a las caricias físicas y sirven para que las personas se “alimenten”.
En nuestro inconsciente social se han ido instalados una serie de prejuicios sobre las caricias que hacen que sobre todo, las positivas, escaseen cada vez más. Son lo que en psicología se denominan leyes de escasez de caricias, donde destacaría dos principalmente:
No dar caricias positivas: “Las personas que reciben muchos elogios se echan a perder”, “Ya sabe cuánto le quiero, no hace falta que se lo diga”…
No aceptar caricias positivas: “Pensarán que soy una persona vanidosa”, “Seguro que no lo ha dicho de verdad”, “No creo merecerlas”…
¿Y tú, aceptas todas las caricias que te dan sin desconfiar de sus intenciones o de su sinceridad?


Pues si son importantes si, yo cuando estoy falta de estas demostraciones me siento con menos autoestima
Hola!
Este blog me ha gustado mucho, hay muchos articulos interesante y quisiera comunicarme con ustedes, pero no encuentro ningun correo electronico de contacto. Podrian facilitarme uno?
Gracias
Hola Marcela,
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